mar 302016
 

Revolución

“¡Obrero construye tu maquinaria!” fue la invitación que Ernesto Guevara –Ministro de Industrias entre 1961 y 1966– hizo a los participantes de la Primera Reunión Nacional de Producción en agosto de 1961. Este evento fue el primer impulso ideológico al movimiento nacional de innovadores e inventores cubanos, que se habían agrupado desde 1960 en los Comités de Piezas de Repuesto.

Dos años y medio después, en 1964, se crea la Comisión Organizadora Nacional del Movimiento de Innovadores e Inventores con el propósito de ordenar el movimiento y darle un carácter institucional. La organización, que años después se constituye como Asociación Nacional de Innovadores y Racionalizadores (ANIR), se consolidó por la confluencia de dos circunstancias: por un lado el deterioro de las industrias y por otro la salida masiva del país –desde inicio de 1960– de ingenieros, técnicos y obreros calificados, que buscaban continuidad laboral en suelo estadounidense con las empresas para las cuales habían trabajado en la isla.

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El nuevo gobierno nacionalizó las empresas extranjeras y convocó a los obreros como los nuevos ‘dueños’ del parque productivo de la nación, invitándolos a asumir la creación de piezas de repuesto y también las primeras tareas de reparación. Las maquinarias rotas parecían, por esos días, el enemigo más temible de la patria. Un torno sin husillo, una sierra sin volantes, moldes desgastados y otros miles de artefactos mutilados aterrorizaban como zombis el devenir de la nueva sociedad.

La ausencia de piezas en las máquinas paralizaba el engranaje que debía poner en marcha a la revolución. Los obreros comenzaron a llenar esos vacíos y lo hicieron tantas veces y durante tantos años, que muchas de esas máquinas poseen hoy más piezas hechas por ellos que originales. En el argot de los talleres se renombraron estas máquinas alteradas –o totalmente rehechas– como criollas. Si un ingeniero exiliado en EUA hubiese regresado a la isla diez años después, ya no sería un experto. Las vísceras de los aparatos de tecnología norteamericana que él conociera bien, habían sido sustituidas por otras imperfectas, rústicas pero igualmente eficientes.

Conversé y seguí a algunos de estos primeros innovadores cubanos, ya mayores, y noté recurrentemente, que a lo largo de su vida y en todos los ámbitos que moraban dejaban una estela de invención que alteraba las funciones, usos y apariencia de sus objetos y espacios. Puedo hablar, incluso, de una traza continua de transformación, del obrero desplazándose y como un vector transfiriendo ideas y recursos materiales y técnicos del hogar a la fabrica y viceversa.

El gobierno, por lo general, apoyó y divulgó las noticias sobre las tareas exitosas de reparación y adaptación de las maquinarias en las fábricas, allí el obrero era, para el estado, un héroe. Pero fueron las actividades creativas en la esfera privada de las familias las que anidaron al movimiento innovador, haciendo que las casas operaran como verdaderos laboratorios de invención y fabricación. El mismo individuo que arreglaba por el día el motor de un avión de combate soviético MIG15, fabricaba en la noche un portarretrato para su cónyuge con cientos de clavos, pedazos de espejos e hilos o, al escasear los fósforos, se inventaba un encendedor eléctrico con una bombilla y un bolígrafo.

Y es que esta historia, que parece un sueño obrero desbordado de épica tropical, se estructuró sobre posiciones y alianzas contradictorias. Tras la secuencia de nacionalizaciones llevadas a cabo por el gobierno auto declarado comunista, así como la evasión de pagos de indemnizaciones a empresas extranjeras expropiadas, EUA declaró un embargo a la isla buscando obstaculizar la llegada de materias primas, sustitutos industriales y mercancías en general. Como consecuencia, el país, estancado por la ineficiencia productiva y la burocracia incipiente del sistema socialista que obstaculizaba todas las iniciativas individuales y eliminaba el estímulo de la propiedad privada, fue sumergiéndose en una crisis económica que tocó fondo por primera vez a principio de 1970.

Radica ahí la paradoja sobre el origen de la desobediencia tecnológica. Nace como una alternativa productiva estimulada por la revolución, pero devino el principal recurso de los individuos para sobrevivir la ineficiencia administrativa y productiva de la misma. El obrero que utilizó su imaginación para ayudar a que la revolución no se detuviera debió dedicar su creatividad, y muy especialmente, a resistir las duras condiciones de vida que el inoperante gobierno revolucionario le impuso.

Acumulación

Durante los primeros meses de 1970 la desolación cubrió la red comercial del país. Los obreros, quienes habían vivido diez años en revolución, vieron como una década de esfuerzos no resolvía los problemas de la vida cotidiana. En el ámbito familiar se desató un comportamiento preventivo que ha permanecido en la base organizativa del fenómeno creativo cubano: la acumulación.

La desconfianza en el éxito de la revolución convirtió cada espacio de la casa en un área de almacén: cada materia u objeto –o fragmentos de éste– devino sujeto de la acumulación. Con este simple y primer gesto se cuestionaron radicalmente los procesos y lógicas industriales, revisándolos desde una perspectiva artesanal.

Todo objeto podía ser reparado o reusado en su contexto u otro diferente. La acumulación, que es un gesto manual, separó al objeto occidental del ciclo de vida asignado por la industria y pospuso el momento de su desecho, insertándolo en una nueva línea de tiempo. Este primer desacato inscribió su propia noción de tiempo al fenómeno productivo cubano que he denominado Desobediencia Tecnológica.

Cuando los individuos conservaron los objetos, archivaron también principios técnicos, ideas de unión y arquetipos formales. En cada momento crítico escarbaron mentalmente en su stock para encontrar ‘la cosa’ exacta que guardaron con previsión. Cuando faltó la luz, se rompió el ventilador o se fracturó la primera silla, la familia escuchó susurros provenientes de los patios, de bajo las camas, de los oscuros rincones de la sala donde habían guardado todo tipo de cosas. Pedazos de sillas completaron a las recién rotas. El viejo y deteriorado farol de kerosene (Eagle) reapareció cuando los apagones azotaron la isla. Un envase metálico para leche condensada, con unos frijoles secos en su interior, sirvió de juguete sonoro a mi hermano mayor, recién nacido en ese momento.

En la década siguiente, y por el reforzamiento de las relaciones estratégicas y económicas con la URSS, el país pareció salir de la crisis. Los intercambios económicos con el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME) instauraron en la isla la estandarización. Todos los cubanos conocieron dos tamaños de una misma marca refrigerador (Minsk), dos tipos de TV (Caribe y Krim), un único ventilador (Orbita) y dos generaciones de una misma lavadora (Aurika). Siete tipos de envases sostenían los intercambios con la Europa comunista. Se enviaba dulces de papaya a cambio de peras en sirope a Bulgaria; en la misma botella que se envasaba Vodka en Rusia se distribuía el Ron en la Habana. La base material burguesa pre-revolucionaria se mezcló con los sistemas de objetos estandarizados.

Research image from the book Objets Reinventés, 1999

Research image from the book Objets Reinventés, 1999

La industria comunista priorizó las producciones con fines sociales. Las sillas eran las mismas en todas partes.  Las acumulaciones en los hogares también recibieron aires de estandarización. Que todos guardaran ‘lo mismo’ favoreció el asentamiento de un lenguaje técnico común y estandarizó –también– las soluciones e ideas de reparación. La racionalización y normalización dotaron de un patrón al sentido común y este hecho tuvo su efecto posteriormente.

Años después había objetos ingeniosos producidos por cientos de personas al mismo tiempo, pero en diversos lugares. La bandeja de aluminio, usada en los comedores escolares y obreros de toda la isla, devino la única antena de televisión posible en la isla. ¿Cómo fue posible una expansión así? ¿Hubo una primera antena que inspiró a todos? ¿O la antena fue una conjunción fatal de necesidad, estandarización y astucia vernácula? Ciertamente la bandeja era el único pedazo de metal accesible y las antenas normales habían desaparecido prontamente del mercado tras la crisis.

Muchos cubanos hablan de los 80’s como una década de esplendor. Y ciertamente, había más cosas para acumular. El fin del bloque socialista europeo estaba por llegar y, con la caída del muro de Berlín en 1989, cayeron las importaciones cubanas por más de un 80%. El país se sumergió en la crisis económica más agresiva de toda su historia.

Rápidamente, los individuos comprendieron que estaban solos en la batalla por la sobrevivencia. El gobierno, paralizado e ineficiente, hizo un único gesto: suspendió temporalmente el control y flexibilizó las limitaciones al trabajo por cuenta propia y aquellas iniciativas individuales enfocadas en la sobrevivencia de la familia.

Los inspectores estatales recibieron órdenes de mirar al vacío cuando toparan con una infracción en la ciudad. La extensión en el tiempo de ésta crisis, obligó a las autoridades a declarar el país en estado de emergencia y nombró esta circunstancia como “Período Especial en tiempo de paz”. Sólo cuatro años después de caer el muro de Berlín el gobierno de la isla hace pública un ley hasta entonces impensable, la Ley 141 del 6 de septiembre 1993 que permitía, limitaba y regulaba el trabajo por cuenta propia. 

Desobediencia

Al principio del Período Especial, los cubanos creaban sucedáneos instantáneos –objetos o soluciones provisionales– que le resolviesen sus problemas hasta la desaparición de la nueva crisis. Con los años, y por la continua escasez, ganaron confianza e hicieron frente a todos los problemas de vivienda, transporte, vestimenta y electrodomésticos.

Mientras reinventaban su vida, algo inconsciente se perfilaba como una mentalidad. De tanto abrir cuerpos el cirujano se desensibiliza con la estética de la herida, con la sangre y con la muerte. Y esa es la primera expresión de desobediencia de los cubanos en su relación con los objetos: un irrespeto creciente por la identidad del producto, y con la verdad y autoridad que esa identidad impone. De tanto abrirlos, repararlos, fragmentarlos y usarlos a su conveniencia, los individuos terminaron desestimando los signos que hacen de los objetos occidentales una unidad o identidad cerrada.

No se atemorizaron los cubanos con la autoridad que emanan ciertas marcas como Sony, Swatch o la propia NASA. Si un objeto se rompía, se arreglaba. Si el objeto servía para reparar otro se empleaba, a pedazos o íntegramente. Este desacato ante la imagen consolidada de los productos industriales se podía entender como un proceso de deconstrucción. La fragmentación del objeto en materias, formas y sistemas técnicos.

Es como si al tener un acervo de ventiladores rotos los entendiéramos como un conjunto explotado de estructuras, uniones, motores y cables. Esta liberación, que reconsidera lo que entendemos como materia prima o incluso materia semifinis, para rebasarla con la idea de materia objeto o materia fragmento de objetos, hace cierta omisión del concepto ‘objeto’ en sí mismo: en este caso del ventilador. Es como si el individuo en la isla no tuviera la capacidad de ver los contornos, las articulaciones y los signos que semióticamente hacen ‘el objeto’ y, en cambio, sólo viera un cúmulo de materiales disponibles que son usados ante cualquier emergencia.

El proceso remite a la idea del objeto transparente que Boris Arvatov enunció en los albores del produccionismo. Arvatov se refería a lo que debía ser el objeto socialista, en oposición al hermetismo del objeto suntuoso burgués. Sin embargo, los cubanos ven “a través” de todos los objetos sin importar su procedencia ideológica. La crisis profunda e interminable ha dotado al individuo de una destreza especial. Si un objeto se rompe, no importa si es un objeto capitalista o socialista, se torna invisible como objeto, para mostrarse como una relación de partes.

El objeto que es esencialmente transparente, como el que Arvatov soñó, es el que he nombrado objeto de necesidad. Hablo, por ejemplo, del farol de keroseno que alguien creó con un envase cilíndrico de vidrio de 13 cm. de diámetro y 13 cm. de altura y el cual tenía en su interior, sumergido en el keroseno, el porta mecha fabricado con un tubo de pasta dental. El envase de vidrio, suministrado por los intercambios del COMECON, servía al mismo tiempo en éste farol como envase del combustible y como pantalla (lampshade). La transparencia arvatoviana está dada aquí por la capacidad de diagramar el proceso mental y manual de su creación, con los principios funcionales y de uso tanto de su totalidad como de sus partes. Es decir: el farol diagrama la capacidad del individuo para entender su urgencia y responder con la dosis proporcionada de ingenio, temporalidad y austeridad.

El otro objeto de necesidad emblemático es el ‘ventilador/teléfono’. El sujeto, devenido reparador, al romperse la base del ventilador, recuerda que ha guardado por años un teléfono roto proveniente de la ex Alemania Democrática (RDA). Lo recuerda porque la base del ventilador Orbita emula la forma prismática piramidal del teléfono. No está interesado en establecer asociaciones ni significados, él está interesado únicamente en la analogía formal de dimensión y estructura. El ventilador reparado es, a la vez, un esquema de la astucia del individuo, un diagrama de la acumulación y una imagen de desobediencia y reinvención moral que el cubano ha asumido.

Para adentrarnos en los procesos que dan sentido a la desobediencia tecnológica comentaré algunas ideas sobre prácticas como ‘la reparación’, ‘la refuncionalización’ y ‘la reinvención’; todas ellas con un grado de subversión elevado. En primer lugar, por la reconsideración del objeto industrial desde un ángulo artesanal. En segundo lugar por la forma en que niegan los ciclos de vida de los objetos occidentales, prolongando en el tiempo su utilidad, ya sea dentro de la función original o en nuevas funciones. En tercer lugar porque al aplazar la acción consumo, pero satisfaciendo las demandas, estas prácticas devienen formas productivas alternativas.

I. Reparación

Veamos concretamente el caso de la reparación. Esta práctica es la más extendida, se expresa en la escala familiar y en la Estatal. Como muchos de los objetos electrodomésticos en Cuba provenían de producciones masivas y estandarizadas, las soluciones de reparación se normalizaron impulsando la creación de un enorme sistema de piezas de repuesto.

El gesto más desobediente de la reparación es la capacidad de inmortalizar los objetos conservándoles sus funciones originales. La reparación puede ser definida como el proceso mediante el cual devolvemos parcial o totalmente las características  –técnicas, estructurales, de uso, de funcionamiento o de apariencia– a un objeto que las ha perdido completa o parcialmente.

Cuando se repara, se establece una relación más compleja con el objeto, es una gestión que supera, incluso, el uso del mismo. De cierta forma equilibra la dependencia que tenemos de los objetos, colocándolos en una posición de subordinación con respecto a nosotros. Es decir, que el dominio que impone el objeto al usuario a través de sus limitaciones,  queda balanceado con la dominación forzada de su tecnología por parte de éste.

En otro sentido, cuando la reparación es capital o cuando su envergadura incluye la refuncionalización del objeto, entonces genera un nuevo tipo de autoría: la del reparador. Este sujeto termina siendo un depositario de los secretos técnicos del producto. Las reparaciones no siempre son definitivas, a veces se reconocen como paliativos o ‘maquillajes’ que hacen parecer nuevo al producto que las recibe.

Reparar es de alguna forma reconocer, restituir, y en cierta medida legitimar las cualidades de los objetos; por eso es la más discreta de las formas de desobediencia tecnológica. Su potencialidad está en la posible concepción abierta del producto contemporáneo, democratizando su tecnología, propiciando su longevidad y versatilidad. Muchas veces de un proceso de reparación resultan dos cosas: el objeto reparado y la herramienta que lo reparó. La reparación abre las puertas a procesos como la refuncionalización y la reinvención.

II. Refuncionalización

La refuncionalización es el proceso mediante el cual nos aprovechamos de las cualidades –materia, forma, función– de un objeto desechado,  para hacerlo actuar de nuevo en su contexto o en otro nuevo. Esta definición incluye a las partes del objeto y las funciones que dichas partes cumplen en éste; por tanto abarca operaciones como la metamorfosis y la re-contextualización.

Son los objetos asociados a la alimentación, entre los sistemas de objetos domésticos, los que más gestos de refuncionalización reciben; específicamente en cuanto al envase y re-envase de alimentos. Cuando la refuncionalización pone a convivir objetos –o partes de ellos– en un nuevo producto o solución, entonces la operación puede ser considerada como una reinvención.

III. Reinvención

De las tres prácticas mencionadas, la reinvención es la que contiene más actos de desacato ante la cultura industrial y el contexto. Puede ser entendida como el proceso mediante el cual creamos un objeto nuevo usando partes y sistemas de objetos desechados.

Los objetos reinventados se parecen a los inventos originales, por la austeridad y desfachatez con que son utilizadas y articuladas sus partes. Las reinvenciones muestran objetos transparentes, sinceros y proporcionales, en términos de inversión material y simbólica, con la necesidad que los provocó. Conservan también el conjunto de gestos manuales, conceptuales y económicos que el operador-creador les añade.

Un caso paradigmático es el del ‘cargador de baterías no recargables’ que encontré en la Habana en 2005. Enildo, su creador, lo fabricó para recargar las baterías que continuamente demandaba el aparato auditivo de su esposa. Para reparar la batería, reanimándola como a Frankenstein, Enildo debió reinventar un cargador que se conecta a la pared y que, por veinte minutos, es capaz de alojar en la pequeña batería una carga que dura unos 20 días. El artefacto que parece un diagrama didáctico, desnuda su sistema técnico. Su objetivo es reanimar la batería, al hacerlo cuestiona las lógicas técnicas y comerciales que están inscritas en la misma.

La reparación, refuncionalización y reinvención pueden considerase saltos imaginativos, en oposición a los conceptos de innovación favorecidos por las lógicas comerciales vigentes, los cuales proponen escasas soluciones a los problemas actuales del individuo. Los saltos imaginativos, por el contrario, plantean una recuperación de las actitudes creativas de los usuarios y de los centros de generación de bienes materiales.

Las prácticas que he comentado en este texto parecen retrogradas o ajustadas a una realidad pobre, pero realmente no pretenden la utopía de cambiar la realidad sino la posibilidad de tener conciencia de ella. Irónicamente son una evasión, del mundo de sueños del consumismo idílico, a la realidad. Es difícil imaginar que estas prácticas en sí mismas tendrán un espacio dentro de la concepción del diseño del futuro. Su valor radica en el presente, en la posibilidad de subvertir los órdenes actuales y proponer nuevas miradas sobre las relaciones con los objetos, el mercado y la industria; esa es su modesta forma de incidir en el futuro de la disciplina.

Para concluir con la desobediencia tecnológica en Cuba, debo aclarar que su existencia no sólo tiene que ver con el rechazo y trasgresión de la autoridad de los objetos industriales y los modos de vida que ellos contienen y proyectan. Ella encarna, sobre todo, un desvío ante las asperezas económicas y las restricciones dominantes en el contexto cubano.

Por tanto, la desobediencia que he nombrado tecnológica en el marco de este texto, tiene imbricaciones y variantes en lo social, lo político y económico, por lo que puede ser denominada también con esos apellidos. Es una interrupción al estado de tránsito perenne que impone occidente y al estado de tránsito al comunismo –también interminable– que la oficialidad ha instaurado en la isla.

Revolico (un epílogo provisional)

Hace 5 años, en el 2007, apareció www.revolico.com; una página web para que los cubanos –los escasos que acceden a Internet– hagan sus ventas de casas, autos, y bienes de toda índole. El nombre no podía ser más acertado, la Revolución devino un Revolico.

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Dicha web es un depósito de descripciones y anagramas, un extenso desglose de artefactos, especialmente de autos híbridos: “Vendo Fiat 125, 1974. Con Motor original en perfecto estado; caja de velocidad 5ta de SEAT; carburador de NISSAN V-12, butacas delanteras de TOYOTA YARI; pizarra de LADA nueva, con todo funcionando; CD player SONY con 4 bocinas y cloche de PEUGEOT todo nuevo…”.

Las terminologías y convenciones vernáculas usadas por los usuarios de Revolico son indicativas de un movimiento social y un lenguaje de resistencia consolidado. Durante una presentación de objetos electrodomésticos chinos, llegados a Cuba para sustituir los ventiladores, cocinas y refrigeradores que el pueblo había creado para resistir la dictadura, el propio Fidel Castro reconoció a estos artefactos cubanos como enemigos, nombrándolos “monstruos devoradores de energía”.

Además de www.revolico.com y los discursos de Castro, hay otros espacios que se han hecho eco de las desobediencias tecnológicas. Hablo de la prensa oficial, los documentos y las declaraciones legales que el Estado decreta, en su desespero por controlar el torrente de iniciativas individuales. El primer hallazgo fue el Artículo 215 de la Ley No. 60 del Código de Vialidad y Tránsito“Se prohíbe la construcción de vehículos y, por tanto, su inscripción en el Registro, mediante el ensamblaje de partes y piezas nuevas o de uso, cualquiera que fuere el título de adquisición de las mismas”.

Más adelante encontré notas en la prensa oficial donde algunos periodistas del régimen describen –con términos peyorativos y dramáticos– cuanto perjudican los ‘Rikimbilis’ a la salud y a la ciudad. Los ‘Rikimbilis’ eran, inicialmente, bicicletas a las cuales les añadían motores de aparatos de fumigación, bombas de agua o de sierras manuales; el término permite nombrar hoy todos los artefactos rodantes híbridos y/o reinventados en la isla. Una de las notas de prensa que guardé denuncia el robo de señalizaciones del tránsito para construir las carrocerías de estos artefactos.

Pero algo nuevo supera las notas de la prensa, los documentos legales y al propio Revolico. Desde hace algunos meses el Estado ha lanzado un decreto ley que permite recircular a aquellos autos destruidos por choque, corrosión o abandono. Cuando un auto, por estos motivos, salía de circulación resultaba imposible incorporarlo nuevamente a la vía. El nuevo decreto permite inscribir un auto si éste conserva un 60% de sus rasgos originales. Esto abre un umbral del 40% a la fantasía técnica y formal. En el vocabulario cotidiano se  nombra a estos autos como ’60 por ciento’, aunque la denominación más adecuada sería la de “40 por ciento’.

Este fenómeno empieza por demandar nuevos tipos de expertos. En los años venideros habrán expertos del ‘60 por ciento’ compitiendo con expertos del ‘40 por ciento’ y en las narrativas legales encontraremos truculentas maravillas. La batalla de los porcentajes, que tomará lugar en el cuerpo de los autos, tendrá un impacto en el cuerpo de la ley general del tránsito. ¿Quiénes y cómo definirán las fronteras legales y físicas entre el 60% y el 40%?

En marzo pasado hallé un Peugeot 404 diseñado en 1962 por Pininfarina. El auto mostraba, al menos teóricamente, el 60% del diseño original; el 40% restante no puede ser adjudicado al diseñador italiano. Los nuevos encuentros y líneas que aparecieron en el maletero, los sistemas técnicos ahora híbridos, los plexiglases de colores que sustituyen las ventanas y los guardafangos inflamados, entre otras alteraciones, conforman ese 40%.

Las líneas de este auto evocan ahora una aerodinámica vernácula, risiblemente especulativa y utópica.  La forma de un auto, cuando su fabricante es serio, es también un diagrama de la velocidad, la resistencia del aire, las turbulencias y otras fuerzas del universo sobre el automóvil. Si damos por sentada esa relación y la invertimos, al cambiar la forma del Peugeot estaríamos diagramando y proponiendo las leyes físicas de un nuevo universo. Esta propuesta dejará de ser delirante si se propone como un modelo de interpretación del caos, provocado por estos autos, en su encuentro con la reglas del universo legal.

Cuando el auto se alejó, pensé que en su movimiento buscaba alejarse para siempre de su referente, del modelo de estandarización con el cual compartirá, desde ahora, un determinado por ciento. Dos cuadras después hallé otro ‘40 por ciento’: Volkswagen por delante y Fiat por detrás.

Ernesto Oroza

 

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ene 142018
 

Carne viva (notas sobre el adentro)
Ernesto Oroza

Dentro de la revolución todo, fuera de la revolución nada. La exigencia que Fidel Castro hizo a los intelectuales cubanos en 1961, puede considerarse el programa de su obra arquitectónica: un edificio con solo un plano de expresión, y éste es interior. La perspectiva que Fidel avizoró era un adentro circular, continuo. Su mausoleo sería lo mismo, pero a escala de llavero souvenir.

El adentro no es un lugar al cual se accede, porque no hay un afuera, no tendríamos de donde venir. Habitan el adentro individuos que aprendieron a vivir entre cuerpos abiertos y vísceras. Sus hijos han visto, en sus cortas vidas, más pedazos de cosas que cosas. En los hogares todos los artefactos están desarmados, unos porque lo exigen las continuas reparaciones, otros porque sus sistemas técnicos y carcasas son surtidores de partes que se reusarán para hacer funcionar otros objetos. Las alacenas, vitrinas y repisas rebosan de fragmentos: tapas de envases, segmentos de alambres, tuercas, patas de espejuelos, tacones de zapatos, cabos sin herramientas, botones de una calculadora, de un televisor, de una lavadora, de la pizarra de una alzadora de caña de azúcar. “Todo tiene un uso, no hay deposiciones de residuales”, nos recuerda, hablando de la isla, el doctor Cuevas. Profético el apellido del naturalista. Sobre las mesas los electrodomésticos abiertos se solapan hasta confundir sus mecanismos. La oscuridad y la acumulación ayudan, no queda claro dónde empieza la radio y acaba la plancha o el televisor. Los cables de todos los tarecos son bejucos enredados y quizás conectados entre si, ouroboros de cobre y plástico.

No hay en las calles más luz que en las casas, o mejor, en todas partes hay una luz a medias, un resplandor de cueva. El diseñador Félix Beltrán Concepción con su cartel CLIK (1969) nos convidó a vivir en la oscuridad. José Luis Cortés, el Lacan de la Timba, lo intuye cuando le dice a Fidel Castro, en unos de sus temas: “Oye Superman! ten cuidado con las estalactitas y las estalagmitas!” Es El Tosco quien ha prefigurado el sueño de La Cuevita como mercado-nación.

El primer renglón nacional es una economía de piezas de repuesto criollas. La escala, en comparación con otras producciones, le otorga la presencia y jerarquía de un monocultivo invasivo que se apodera de las tiendas estatales y de las mesas de los vendedores callejeros. En un escaparate de Neptuno se cuentan 77 tipos de piezas distintas, algunas fundidas en aluminio, otras torneadas en latón, muchas inyectadas en plástico por máquinas construidas, para este propósito, en salas, habitaciones y patios de muchas casas de San Miguel del Padrón y de otros barrios y provincias. Vulcanizadas, troqueladas o torneadas son las juntas de cafeteras, batidoras y ollas arroceras. Abundan las cuchillas de acero níquel, couplings y los platos torneados de las batidoras más comunes: Daitron, Hamilton, Magnum, National, Osterizer, Phillips, Vince. Las superficies de la piezas tienen, en bas-relief, los nombres de los fabricantes escritos, más o menos, como suenan. Las marcas grabadas agilizan el reconocimiento y la venta, es la didáctica de La Cuevita. Las piezas de refacción cubren todo el plano expositivo de todas las vidrieras de todas las tiendas de todos los municipios. Es la decoración oficial del adentro, un papeltapiz infinito dedicado al tema del repuesto. Cruzan este paisaje cada día cientos de personas, llevan en sus manos piezas rotas de batidoras, lavadoras o ventiladores. Caminan hacia los talleres de los mecánicos o hacía los vendedores, confiados de que con la pieza en mano podrán identificar mejor el reemplazo. En competencia con el sicalíptico cubatón que encuera la urbe, los pregones, no menos escatológicos, reclaman vísceras y cadáveres a viva voz: ¡Compro batidoras y ventiladores rotos! ¡Compro motores viejos! ¡Compro chasis de lavadoras! Hordas de carroñeros, con sus carretas a cuestas, escarban con pregones las mañanas del Mónaco, Miramar, las calles interiores de Lawton, esperan por ellos los mecánicos en sus talleres.

La vieja ciudad metabolizó la amenaza de Fidel. Las fachadas de las viviendas existen solo como el plano de proyección de las batallas domésticas intestinas. La fachada muestra, ya no esconde. Miras la casa y sabes que ya sus habitantes no se aman, o que al menos no desean encontrarse más: donde había una puerta ahora hay dos. Es fácil saber cuál Ministerio -o cuál clave-, les da el sustento. La cuadra, que era una secuencia de fachadas, es ahora una secuencia de pantallas de proyección. Una arquitectura del reality show. Una ventana para iluminar la cuna de un recién nacido eclosiona al centro de una elaborada cornisa Art Noveau: las ventanas se diseñan y se perforan desde el interior, el exterior no existe, es viejo orden. Un balcón aparece una mañana y altera la trama de la cara norte del edificio que antes formaban 12 balcones cuidadosamente distribuidos por su arquitecto en 1949. Como ahora todo es interior, mencionar el objeto arquitectónico “fachada” puede delatar un pensar disidente o alguna enfermedad mental. No es casual que el órgano estatal más eficiente en el adentro sea el Ministerio del Interior.

Conexiones eléctricas e hidráulicas serpentean por las paredes, son las venas nerviosas de edificios vampiros. A veces los cables y tubos se cruzan en direcciones inesperadas, trepan en el vacío buscando apoyo o un lugar donde enterrar sus raíces. La ciudad es un triperío al sol, un aparato único abierto, un extenso territorio en carne viva. Las instalaciones de agua ramificadas son gráficos 3d de lazos familiares, la hidráulica es acá más eficiente en ofrecer información filial que el registro civil. Las líneas eléctricas, de teléfonos y de video diagraman transacciones económicas complejas. Un cable de video atraviesa las ventanas, cruza manzanas para alimentar el televisor de un vecino que paga 20 CUC al mes por ver lo que ves. Intranet es la máxima expresión tecnológica del adentro. Ahora el término se ha puesto de moda y se usa tanto para nombrar la vía oficial posible de conexión informática en el adentro, y una forma no legal de conectarse en los hogares para compartir películas piratas, chatear y dar curso a la versión offline de Revolico, pero sabemos que una intranet de agua siempre ha existido, preguntemos en la Habana Vieja, o en el Cerro. Y otra de teléfono, y otra de carne de res (por algo le dicen hilo rojo). Intranet son todas las vías para respirar en el adentro.

¿Qué supuran los interiores mecánicos sino grasas y aceites? Por eso todo el adentro está manchado. Drenados de diferenciales y pistones de autos, corren hilos de aceite quemado por las juntas de las losas de concreto en las aceras. El aceite es la saliva escupida por la difícil pronunciación de un lenguaje híbrido y enrevesado. La mecánica automotriz ha devenido un culto secreto. En unas décadas será religión dominante, aunque será sincrética. Los mecánicos son ya santos y guardianes del adentro. Entres ellos se burlan de The Matrix, la película de Perogrullo, le dicen. Por el tiempo que pasan acostados bocarriba bajo los autos, las malas lenguas y el humor popular sugieren-porque también hay teorías de conspiración en el adentro-, que los mecánicos son los verdaderos reptilianos. La permanente hibridación, la escasez de recursos y otras fatalidades técnicas del adentro, obligan al mecánico a habitar el código. Él es el poeta del productivismo, el lingüista del eco en la cueva, el filósofo dialéctico, algo así como un Spinoza en overall.  Es el entendido y el que atiende. Es el que comprende el afecto y el que responde.

El mecánico solo tiene un rival en el adentro: el diseñador de interior caníbal, pero ese es otro texto.

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jul 192016
 

paraISO-nota-1-Oroza

“Qué están esperando de nosotros? De dónde sacan nuestros países mujeres altas, bien alimentadas, del mismo tamaño,… además señores, capaces todas de levantar la pierna al mismo tiempo!, en realidad se nos exige demasiado.” Julio García Espinosa, SON O NO SON, 1978 (cómo hacer un espectáculo musical para el turismo internacional)

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jul 182016
 

Espiral espirada 1 (reuso)
fragmento de “Notas atravesadas por una espiral”, E. Oroza, 2016.

Strombus_gigas_type

https://en.wikipedia.org/wiki/Lobatus_gigas#/media/File:Strombus_gigas_type.jpg

Rodeaba la roca el capitán español cuando saltó sobre él un nativo de movimientos vertiginosos. Atinó el conquistador a ver los tres relámpagos de nácar rosado que rajaron la carne de su cara, la piel de un antebrazo levantado a la defensiva y la del pecho, ahora roto y sin aire. Con las manos metidas en el interior de las espirales de dos cobos gigantes, el púgil indígena —cinco siglos antes que el también tunero Teófilo Stevenson—rodeó a su contrincante para asestarle en la nuca un jab mortífero con el cobo diestro. Este último janazo espantó, con un chasquido, el aliento vital del español. En su fuga lanzó el indígena el cobo izquierdo al mar Caribe. Subió una duna y sopló el cobo ensangrentado que tenía en la mano derecha. La punta del caracol, donde apretó sus labios jadeantes, había sido cortada con este propósito. Un rugido en espiral, grave como un lamento de isla, salió de la concha e invadió el litoral, así avisó a sus hermanos sobre su victoria.

Tres horas después, adormecido por un atracón de cobo y cangrejo, enrolla el púgil taíno una hoja de cohoba (tabaco) alrededor de un mazo de tiras secas de la misma planta. Envuelve bien con la hoja exterior, seca pero flexible, y corta el borde con una lasca nacarada de concha que encontró y no tuvo que afilar. Enciende la espiral vegetal por un extremo con un tizón, y absorbe el humo, lo expulsa lentamente con su aliento. Para no perderse nada, persigue el humo con su nariz. Repite la acción varias veces, hasta dejarse llevar por el mareo. Cuando cae en el abismo del sueño escucha un lejano rugido de cobo. Le llaman sus hermanos, pero ni el más ágil y fuerte nativo de Cuba puede derrotar la siesta. Una planta (el tabaco) y una bestia (el cobo), ambos en espiral, filtran el aire que se respira en la isla. Solo el aire de otra espiral siniestra puede romper la calma y acelerar el ritmo respiratorio del caribe. Era el enemigo más impío antes de llegar el colonizador. No lo nombran, temen que al hacerlo, el viento que exhalan por la boca se agigante y arrase con todo. No hay que llamar al huracán.


1. Octavio Paz empleó la imagen “espiral espirada” en su traducción de “aboli bibelot” del Soneto en ix  (Ix sonnet) de Mallarmé. Sobre la creación de esta secuencia comentó: “Espiral espirada es defendible hasta cierto punto, porque la conca tiene forma de espiral y por ser instrumento de viento: aspiración y espiración, aparición y desaparición. Emblema del mar, la música y el ir y venir de la vida humana”. Entrevista a Octavio Paz. Rita Guibert, Pasión critica, Barcelona, Seix Barral, 1985, p. 81.

2. Nombre vulgar en Cuba del caracol costero gigante y apelativo equivalente a Strombus lucifer, Strombus gigas o Lobatus (strombus ) gigas.

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may 062016
 

Ernesto-Oroza-Two-Wall clocks

Acumular es prever, es prefigurar y responder con antelación a nuestras necesidades.

Acumular no es guardar cosas, es acopiar ideas de uso, soluciones constructivas, sistemas técnicos y arquetipos que florecerán durante una crisis.

Al acumular creamos un mapa mental de lo acopiado, un eco de las potencialidades de cada objeto o fragmento guardado.

La acumulación propone un nuevo ritmo a las prácticas productivas familiares y este tempo nuevo que las rige les otorga el caracter de un fenómeno productivo paralelo.

Al reparar y reusar revisamos al objeto y a la cultura industrial desde una perspectiva artisanal.

Acumular artefactos rotos es un gesto manual que empuja “lo industrial” al realmo popular de las manualidades, evacuando las distinciones entre el TV, la piedra y la semilla.

La acumulación no es un acto pasivo, es creativo. Es la acción que inicia la producción familiar en contextos precarios.

Al acumular objetos o partes de estos, porque nos fiamos de sus potencialidades, los reunimos bajo una categoría nueva: objeto-materia prima.

Al acumular un objeto o sus partes, se aplaza el momento de su desecho, se elude el ciclo de vida asignado por el diseñador, la industria o el mercado.

Todo objeto puede ser reusado, incluso en un contexto diferente a aquel para el cual fue diseñado.

Al usar una rama para alcanzar un fruto, o un libro para calzar un mueble no importan los valores retóricos del objeto empleado.

Cuando se necesita dejar la puerta abierta, con una piedra, solo importa su peso.

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